Experiencias de un viajero en el camino de Santiago

Escrito por Mario Camacho

Quisiera compartir con todos vosotros algunas de las experiencias más destacables que he vivido en el camino de Santiago. No he querido hacer de este texto un rosario de anéctodas. Más bien he preferido hacer una síntesis de las principales sensaciones que yo me he llevado tras realizar el camino de Santiago y pondré simplemente un ejemplo para poder clarificarlas. Espero que le sirvan de ayuda a todos los que todavía están dudando si hacerlo o no: mi consejo es que lo hagas si quieres vivir una experiencia inolvidable. También te aconsejo tener todo bien planificado, para no experimentar contratiempos y que la experiencia sea realmente maravillosa. Yo personalmente visito mucho https://santiagoways.com ya que la información que brinda me parece excelente y muy útil para los viajeros.

1.- Aprendí a manejarme con solidaridad en lugar de dinero

En el camino de Santiago te das cuenta al cabo de pocos días de que la solidaridad es la mejor moneda. Mucho mejor que el euro. Esto lo percibes con la gente que te vas encontrando en el camino: peregrinos, gente de los pueblos, voluntarios, etc. Respecto a los peregrinos lo descubrí cuando en multitud de ocasiones yo mismo ayudé y otros me ayudaron. Por ejemplo, dándome tiritas para mis rozaduras, ofreciéndome algo de comida en mitad del camino, dejándome hacer una llamada o incluso dándome unos tapones cuando (demasiado tarde) me di cuenta de lo imprescindibles que eran para poder dormir. Sobre la gente local debo decir que esta regla la llevan a rajatabla. Me pasó que me quedé sin sitio en un albergue y al preguntar a los vecinos en seguida varios me ofrecieron quedarme en sus casas sin pedirme nada a cambio. Tampoco puedo olvidar la labor que hacen los voluntarios y que siempre hay que agradecer teniendo en mente la expresión que circula entre peregrinos que dice “el turista exige, el peregrino agradece”. Lo que me llevo de ellos es la lección de que hay gente maravillosa haciendo las cosas porque creen en la solidaridad.

2.- Aprendí lo que es el sacrificio

En mi vida normal suelo madrugar para ir al trabajo. Normalmente lo hago a las 7 de la mañana: en el camino de Santiago lo idóneo es levantarse a las 5 para poder aprovechar al máximo las horas de luz. Al principio me costaba horrores: las etapas se hacen muy duras los primeros días y todo parece ponerse cuesta arriba. Sin embargo, al poco tiempo te acostumbras y aprendes a valorar aquello que me decía mi padre sobre “aprovechar al máximo el día madrugando bien temprano”. Lo hice y la verdad es que daré gracias siempre por enseñarme a vivir como se vivía antes, cuando no había luz eléctrica y el día debía ser exprimido al máximo. Igualmente, esa sensación de sacrificio la viví a lo largo de cada etapa y la disfruté en el momento de llegar al albergue. Nada podría decir para describir el momento de llegada a Santiago: fue una experiencia increíble con la que me pasó algo que nunca creí que me pasaría a mí: me emocioné frente a la fachada de la catedral.

3.- Valoro mucho más el civismo y el respeto

En el camino te das cuenta de lo necesaria que es la responsabilidad. Un simple detalle te hace cambiar la mentalidad: llevaba una bolsa con las cosas que me habían sobrado del almuerzo. A lo largo de varios kilómetros no encontré una papelera. Fue entonces cuando un peregrino experimentado que me encontré por el camino me dijo que el camino también te pone a prueba en eso: hay quienes hacen el camino y no respetan el entorno. El camino, dijo, te da la oportunidad de poder demostrar cuánto te preocupas por el cuidado de lo que te rodea. Me enseñó su propia bolsa y me dijo que lo normal era tirarla una vez llegados al siguiente pueblo. Fue también un ejercicio de paciencia donde se aprende que lo importante no es uno mismo sino un proyecto de solidaridad y respeto con los demás y con el propio ambiente que nos rodea.

4.- Aprendí el sentimiento religioso de Joaquín

Un hombre llamado Joaquín me contó su historia en la que había muchas calamidades pero al mismo tiempo mucha gratitud con la vida. Había pasado por una vida dura de la que le salvó aferrarse a la religión. Cada año hacía la peregrinación dando gracias por estar vivo. En cierto sentido admiré el profundo sentido vital que tenía aquel hombre y que él encauzaba a través del camino de Santiago. A lo largo de varios días fuimos juntos y me fue dando su particular visión de la vida y me enseñó algunas lecciones interesantes contenidas en la religión. Lecciones que siempre concluía con alguna frase hecha como “Dios da pan a quien no tiene dientes”.

5.- Aprendía a disfrutar mi soledad

Debo reconocer que cuando empecé el camino lo hice con la misma actitud con la que he hecho algunas carreras y pruebas físicas. Con un sentimiento estrictamente deportivo. Sin embargo, el camino de hace ver al poco tiempo que posee un sentido mucho más profundo que de hecho incluye un componente mucho más personal. Aprendí entonces que la soledad era algo que, aunque me había acompañado en mi época de deportista no había disfrutado como persona. Es decir, la soledad era una característica del deporte pero no una razón de ser tal y como sucedía en el camino. Aprendí con ello a descubrirme más a mi mismo y ese es un regalo que siempre agradeceré al camino de Santiago.